La Manada

Ella no dijo sí, pero tampoco dijo no.

¿Cuál es la definición de civilización? ¿cuál es la definición de cultura?

Estas preguntas me han venido a la cabeza con motivo de la polémica que ha levantado la sentencia a La Manada, el grupo de amigo sevillanos condenados – ahora sí – de abuso sexual por su fatídico encuentro con una madrileña de – entonces – 18 años en los Sanfermines de 2016.

Según N. Danilevski y Spengler, el concepto de civilización se opone al de cultura. Spengler, por ejemplo, distingue la cultura como reino de lo orgánicamente vital en oposición a la civilización como conjunto de elementos técnico-mecánicos. En virtud de ello considera la civilización como indicador del descenso y la destrucción de la sociedad.

España es un país de grandes pasiones. Y eso se ha podido ver en la manifestación de protesta cuando se leyó la sentencia del tribunal de Pamplona en donde dos de los tres jueces asignados a la causa dictaminaron que no habían apreciado (en las pruebas presentadas) indicios suficientes para concluir que lo que ocurrió aquella madrugada se ajustara a los márgenes de lo que consideraríamos una agresión sexual. Sí vieron indicios de abuso sexual, indicando que no ha lugar la agresión puesto que no hubo ni violencia ni intimidación apreciables en las pruebas presentadas (principalmente, los vídeos aportados por los acusados). También fue determinante parte del testimonio de la chica, cuando negó que hubiese habido violencia física. También negó que la forzaran a entrar en el portal donde ocurrieron los abusos.

Quizá sea uno de los pocos que piense – o de los pocos que se atreva a decir abiertamente – que hay que respetar las decisiones de los jueces. Es sorprendente la cascada de descalificaciones, de muestras de desprecio que han tenido lugar hacia la judicatura con motivo de esta sentencia. El motivo no es otro que el hecho de que la sentencia no ha transmitido la voluntad del pueblo. El pueblo considera que hubo violencia en tanto en cuanto que la voluntad de la chica se vio comprometida cuando la introdujeron en aquel portal.

Resulta interesante el hecho de que todo el foco de la interpretación del desarrollo de los hechos se haya puesto en la chica – en el bloqueo que se supone que sintió – y se haya obviado el modo en que los chicos procesaron o interpretaron el ‘’acceso’’ de ella a mantener relaciones sexuales con ellos. También llama la atención la presunción (un tanto paternalista) y curiosamente generalizada por lo medios que mantiene que una chica de 18 años, de ninguna manera, podría aceptar irse con cinco desconocidos, entrar en un portal con ellos y, en un habitáculo de seis metros cuadrados, mantener relaciones sexuales de dudoso calado moral, teniendo en cuanta la superioridad física y numérica que, objetivamente, ejercieron.

Hay que tener en cuenta una cuestión de peso:  la voluntad puede verse corrompida por la intimidación, pero no es menor cierto que la falta de un consentimiento explícito (falto de palabra) puede ser fácilmente interpretable como un consentimiento pasivo. Cabe suponer que su capacidad de decisión fuese mermada por la superioridad numérica y física ya mencionada, pero eso, por sí sólo, no debe criminalizarse, ya que cabe decir, en este punto, que hay multitud de situaciones en el ámbito sexual en el que puede, visto desde fuera, parecer que se da una situación de abuso por esa superioridad física y númerica, lo cual podemos decir que es un dato objetivo. Sin embargo, se tiende a pasar por alto que muchas de estas relaciones son consentidas, a pesar del razonable tono vejatorio que se puede desprender de lo que se ve.

Si hay voluntad (aun doblegada de alguna manera por los factores antes mencionados) debiera ser considerado que no puede – al menos en principio – considerarse que hubo humillación. ¿Acaso se puede demostrar, sin ningún género de dudas, que su silencio era indicio de bloqueo? ¿Cómo se puede demostrar el bloqueo? Este es un tema que conviene tratar con sumo cuidado y delicadeza, tanto por la víctima como para los acusados que – aun habiendo actuado de una forma absolutamente reprobable desde el punto de visto ético, moral y jurídico – son merecedores de un juicio justo, lo cual es un derecho inquebrantable para cualquier ciudadano – haya estado expuesto, o no, a un foco mediático de mayor o menor intensidad.

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