La Fiesta de los Toros: Realidad y Espectáculo

Hace algunos días, Elena S. Sánchez, conductora del espacio ”Historia de nuestro cine”, compartió plató, como invitada, con Concha Velasco en la presentación del programa ”Cine de Barrio”, y, derivando de la temática de la película que se proyectaba esa tarde, contestó a algunas preguntas sobre su fuerte interés en el mundo de la cultura. Entre otras cosas, Velasco le preguntó sobre su conocida afición a los toros.

Con prudencia, pero también con determinación y naturalidad, Sánchez contestó que ”desde la razón, parece difícil apoyar la tauromaquia, pero desde el corazón y el sentido artístico, es imposible negar su belleza”.

Fue una contestación inteligente – hacía un guiño tanto al que estaba en contra de la fiesta de los toros como al que la apoyaba. Por encima de todo, sin embargo, albergaba una interesante contraposición de corrientes que siempre se ha disputado el terreno de la prioridad en lo que respecta a los toros: enfocar la Fiesta desde el punto de vista de la razón o desde el punto de vista del espectáculo.  ¿Es propio de una sociedad civilizada, y haciendo uso de la razón, basar una Fiesta en el sufrimiento de un animal? Para los antitaurinos, es un no rotunto. Para los aficionados, en cambio, es una pregunta incómoda y complicada.

Toros

Uno puede argumentar que se piensa poco en el bienestar del  animal durante la corrida. Se piensa en si el torero va a hacer una buena faena, e incluso se espera que el matador no tarde demasiado en matar al animal. En lo que concierne al animal, se piensa en el grado de bravura del animal o en si pertenece a una buena ganadería o no.

He ido a algunas corridas en mi vida y siempre llego a la misma conclusión: es un espectáculo brutal, de innegable violencia;  pero, como todo espectáculo con fuerte arraigo tradicional, está cargado de rituales (no todo vale y el público se encarga de recordártelo y de recordárselo al torero). También dentro de sus propias raíces netamente ancestrales – quedándonos con la desnuda esencia de las cosas, no hay nada más primitivo que matar a otro ser vivo – es un espectáculo que pone encima de la mesa el enfrentamiento entre el intelecto humano y la fuerza bruta del animal, con la muerte (y la suerte) acechando en cada instante. Por un lado, la valentía de un torero, su capacidad para dominar al toro con su capote y con su muleta, el saber que su vida o su integridad física se puede ir con un simple muletazo, un quiebro de cadera, un cuerpo contorsionado, con una precisión quirúrgica; midiéndose entre la fatalidad y la belleza. Por otro lado,  la irracionalidad y la fuerza descomunal de un animal de alrededor de 600 kgs, con unos cuernos que pueden, peligrosa e inevitablemente, cortar el espacio y el aire hasta que todo se tiña de color de rojo, sobrevolando, en todo momento, un desenlace que se antoja fatal por defecto . Es un duelo de voluntades, por así decirlo: la del torero, por dominar al toro hasta causarle la muerte; y la del toro, por responder a los estímulos que le llegan con una violencia que no puede medir.

Hay algo de la Fiesta de los toros que evoca a otros ámbitos- se ha dicho mucho que el ritual se parece mucho a un baile; a un pasodoble. Su escenificación y su simbolismo bien podría también extrapolarse a otros ámbitos más cercanos. El ritual de la tauromaquia es la máxima expresión de aquello que, con artificiosa y aprendida resignación, hemos llegado a llamar “vida”: manipular hasta tener al otro controlado, hasta tal punto que provocas su caída. Puede ser desde el trasfondo de un romance entre dos personas o una transacción entre dos desconocidos. La dominación al otro, hasta provocar su doblegamiento (con violencia o sin ella) está presente en todos los ámbitos de la vida. Teniendo en cuenta este carácter universal y extrapolable de la Fiesta, llama la atención la actitud del mundo taurino con la mujer, máxime cuando, por ejemplo, el traje de luces (con las mallas ajustadas y su chaqueta torera), y las zapatillas (parecidas a las de bailarina clásica) bien podrían ser prendas femeninas. Quizá sea el cúlmine de una pervertida y retorcida subversión de papeles: un hombre, adoptando el papel de una mujer, se enfrenta al morlaco, porque sólo así le puede hacer frente para darle una muerte lenta, dramática, teatral…como dictan los cánones. Al final, a pesar de ser elementos imprescindibles unos de otros, a la mujer se le ha orillado de este mundo porque la gallardía y la conquista del intelecto sobre la fuerza se imponen al juego de la seducción.

Volviendo a la contestación de Elena S. Sánchez, y dándole otra vuelta de tuerca, conviene recordar que es la ”razón” a la que los antitaurinos gustan de invocar para justificar su posición en contra de la Fiesta. No se puede priorizar, dicen ellos, el sentido del espectáculo al respeto del animal. La razón, como no podía ser de otra manera, cobra tintes moralistas. Sin embargo, ese enfoque de la ”razón” se va al traste cuando pensamos en el consumo de carne, lo cual lo hacemos por nuestra supervivencia. ¿Debemos hacer, igualmente, uso de la razón y de la misma lógica que lo anterior para censurar el maltrato de animales para nuestro consumo? ¿Para nuestra supervivencia? Los animalitas dicen que los animales tienen derechos y hay que respetarlos, pero esos derechos se arrojan por la ventana en el momento en que se decide hacer uso de los animales para alimentarse.

Otra pregunta que entra a debate es si los animales sufren en la plaza. El sufrimiento tiene unas connotaciones psicológicas y emocionales que no se deben atribuir a los animales. El animal no tiene psicología porque no puede hacer uso de la razón, como tampoco puede sufrir como un ser humano porque no tiene conciencia de sí mismo y de su entorno para hacerlo. El tipo de sufrimiento de un animal, si hay que llamarlo así, es distinto al del hombre. El animal, sin embargo, sí siente dolor.

toros2

El espectáculo de los toros, de forma sutil, también escenifica esa máxima suprema de la naturaleza: el hombre abusa de los animales porque puede hacer uso de algo que el animal no puede: su intelecto. El hombre decide su destino cuando entra en la plaza y también decide el del animal. Podemos decir que el torero juega con la ventaja de que sabe por qué está ahí, mientras que el toro, no. Como también es cierto que el toro (o cualquier animal que no sea de compañía) tampoco sabe que su vida está abocada al consumo  humano. Ejercemos violencia en nuestro entorno; la ejercemos para sobrevivir, para no ser devorado. La agresividad, la desconfianza, la inseguridad son valores intrínsecos en la sociedad que emergen cuando no tenemos control, o cuando lo perdemos. Ello puede provocar situaciones de violencia hacia nosotros y hacia nuestro  entorno, en mayor o menor medida; contenida o explícita. El mundo de los toros no existiría si no nos encontrásemos constantemente ante esa dicotomía moral con lo que nos rodea, pudiendo encontrar la muerte en el proceso.

La corrida de toros viene a recordarnos esa simbiosis entre brutalidad, espectáculo y realidad. Como dijo alguien una vez, ”la Fiesta de los toros es el único espectáculo que existe en donde todo es real”. Real como la vida misma.

 

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