El amor, la soledad y otras cuestiones de hoy

Se ha dicho (y escrito) mucho sobre las relaciones online (si funcionan, si no…). De lo que no se ha dicho o escrito tanto es sobre lo que realmente buscamos y si lo que buscamos se puede encontrar en estas páginas.

Una cosa es cierta: el amor, en estos casos, se cruza con el comercio electrónico y sale una simbiosis en la que cobra una especial importancia el que ambas partes se presenten como personas o más o menos brillantes, o como personas a las que les gusta simplemente ”reir y pasarlo bien”. Para gustos, los colores.

Por el mero hecho de escribir un perfil, se puede presuponer que todos tenemos una buena habilidad para expresarnos, pero sabemos que no es así. Y he aquí el primer escollo que nos encontramos: no todo el mundo es bueno con las palabras, como tampoco todo el mundo es bueno leyendo y registrando lo que lee. A esto hay que añadir que la gente, con el auge de las tecnologías, se ha comprobado que, con textos largos (y sobre todo, viniendo de gente desconocida) es menos inclinada a leer o si lo lee, lo hacen en forma de Z: leyendo las dos primeras líneas y luego mascullando rápidamente lo que dice en la mitad; en busca de alguna palabra que llame la atención, para, finalmente, detenerse a leer el final. Con este dato, no parece que estemos invirtiendo la atención necesaria a la información que nos viene brindada por la comunidad. Sin embargo, este primer paso también da muestras de cómo nos comportamos y cómo enfocamos este tipo de relaciones una vez entramos en contacto con un/a posible candidato/a. En general, parece evidente que la falta de confianza viene acompañada con un ritmo más apresurado. La falta de intermediarios o de amigos en común también hace que tengamos menos herramientas para ver a la otra persona desde una cierta perspectiva. Al tener a esa persona interactuando sólo contigo, se crea una sensación de cierto aislamiento mutuo consentido; en definitiva, estás privando a esa persona (y esa persona te está privando a ti) de la oportunidad de oxigenar el proceso con caras nuevas que den aliento a esa relación que está comenzando.

Cuando se llega a una cierta edad, es inevitable tener una cierta predisposición a esperar a que las cosas vayan deprisa, quizá porque, de alguna manera, enfoquemos esto con la idea de que, llegados a la edad que tenemos y con la experiencia que hemos arrastrado, debemos tener las ideas claras. El tener las ideas claras en el amor es una de las mayores falacias que hay y describe una doble vertiente – por un lado, si pudiésemos tener las ideas tan claras como afirmamos, no tardaríamos en encontrarlo; y, por otro lado, también sugiere una cierta rigidez de pensamiento. Está bien saber lo que se quiere (aunque no se haya conocido jamás porque, al final, todo está en los matices), pero ser demasiado específico puede llevar a una cierta falta de flexibilidad y, como consecuencia, de descarte compulsivo.

Las relaciones por internet se ha convertido en un mercado y cada uno de sus usuarios, en piezas de mercadeo que buscan el mejor postor. Sacamos a relucir nuestras virtudes, nuestra predisposición a estar bien con otros, nuestra capacidad para pasarlo bien y no tomarnos demasiado en serio, obviando, quizá, que el hecho de que hayamos ido a parar a un sitio así es, probablemente, porque nuestra vida sentimental no ha sido todo lo brillante que cabía esperar. Nos convertimos a nosotros mismos en piezas de marketing. Sentimos la necesidad de vendernos para parecer más atractivos. Es cierto que, a diferencia de lo que ocurre en un bar,  de primeras obtenemos más información (al menos básica como la edad y la altura) en las páginas de citas, aunque la información única que solemos poner suele ser muy sesgada, lo cual también puede llevar a una idealización del individuo por parte de la otra persona.

En cualquier caso, es importante tener en cuenta que la forma en que nosotros nos vemos a nosotros mismos se mimetiza en la manera en que nosotros queremos que se nos vea desde fuera. Necesitamos que se nos dé el visto el bueno. Nunca antes había habido tanta presión por compartir públicamente detalles personales que antes, en mayor o menor medida, era impensable – desde mostrar fotos de esa ensalada rica en gémola, hasta aceptar que se nos pregunte – en un test de compatibilidad de una conocida página de ligoteo – después de cuántas citas considerarías acostarte con la otra persona si hay una atracción.

Se da una mayor importancia a la independencia personal (sobre todo, en cuanto a los hombres, por el papel de madre que desempeñan las mujeres), y se valora en gran medida la carrera profesional que uno elija. Se han ido importando valores provenientes de la globalización (cuya batuta la lleva EE.UU.) y eso ha ido permeando a lo que consideramos importante para llevar una vida próspera y completa. Las redes sociales también se han encargado, durante este tiempo, de introducirnos  en la idea de que cuanto más tengamos, cuantos más lugares estemos y, sobre todo, más mostremos, más atractivos vamos a resultar ser.

 

love online

En una sociedad cada vez más globalizada, en donde cobra especial protagonismo no ya cuántos amigos tienes , sino de cuántos ”contactos” o ”seguidores” uno disponga, es lógico concluir que tendemos a una visión de las relaciones más melíflua. Importa más el peso de la masa que el grado de certitud de los matices – si alguien es amigo o conocido, por ejemplo. E incluso, tiene mayor trascendencia el ”qué dirán” que la capacidad de contención que uno pueda tener. De alguna manera, se ha llegado al polo opuesto del concepto de vida en el pueblo: cuando más se hable de nosotros, mejor. Por otra parte, cabe destacar que, según la revista M4rketing Ecommerce, nuestra capacidad de atención ha disminuido un 30% en 15 años, lo cual coincide con el aumento de la demanda en la venta de teléfonos inteligentes. Por eso, es interesante que ahora se considere a la soledad como la enfermedad del siglo XXI, (un 32,2% de la población de la UE vive en soledad). La soledad también hace que nos retraigamos más (esto unido a las malas experiencias que uno pueda tener y que haga que afine nuestro sentido de cautela). También hace que nos mostremos más reacios al cambio, a pesar de que eso sea, precisamente, algo que podamos estar buscando en ese momento. Ese querer y no poder afecta a la forma en que se llevan muchas relaciones hoy en día. De ahí también, junto a lo ya explicado anteriormente, que cueste mantener una relación en el tiempo. Es importante, además, anotar un factor que debe tomarse en consideración, y que toca de lleno con las leyes primarias de atracción y rechazo: cuando una persona entra en nuestra vida de la nada o (más o menos) en frío, puede ser difícil aceptarla o creerla cuando da muestras de sentirse a gusto con nosotros, y no podemos evitar establecer la comparación entre lo que queremos (o esperamos) encontrar con lo que nos encontramos.

Soledad

En definitiva: las nuevas tecnologías (y las páginas de contacto, en particular), tienen un largo recorrido a nivel comercial porque nos presentan con muchas opciones (perfiles) para seleccionar , pero eso choca de frente con el hecho de que no parece que estemos plenamente preparados para registrar tal cantidad de opciones. Estas opciones son relativas en cuanto a que presentan el inconveniente de presentarnos a gente que se ve como quiere verse o como quieren que la vean. También parecen obviar el hecho de que una cosa es el perfil y otra, la persona. En general, nos cuesta ”ver” a la persona detrás del perfil, y separar al perfil de la persona. Es un poco parecido a lo que ocurre con un candidato a un puesto de trabajo y su CV. A no ser que hayamos tenido un trato personal previo con esa persona, si una persona nos escribe y no nos interesa, tendemos a considerar que es socialmente aceptable ”ignorar” a esa persona.

El anonimato que proporciona el internet nos permite buscar y mantener el control en lo que se refiere a filtrar aquello que queremos que llegue a nosotros. El problema es cuando tenemos tantas opciones con tan poca información e información sesgada que no nos dice mucho, nos hace desconfiar desde el primer momento y nos poposiciona, desde un primer momento, en una actitud en guardia. Las páginas de citas nos sitúa en el centro de un mundo en constante progreso tecnológico. La pregunta inevitable (e inquietante) una vez más es: ¿podemos estar a la altura?

 

 

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